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La reciente negativa del presidente Gustavo Petro a cofinanciar el Tren de Cercanรญas para Cali y el Valle del Cauca no es solo una decisiรณn tรฉcnica o presupuestal. Es una zancadilla polรญtica, una traiciรณn institucional y una muestra dolorosa de cรณmo el centralismo sigue castigando a las regiones que mรกs han aportado al paรญs y, paradรณjicamente, al mismo proyecto polรญtico que hoy les da la espalda.

Durante la campaรฑa presidencial, Petro prometiรณ descentralizaciรณn, desarrollo regional y justicia territorial. El Tren de Cercanรญas era sรญmbolo de esa promesa: un proyecto estructurado, con estudios avanzados, respaldo local y visiรณn de futuro. Pero en lugar de honrar su palabra, el presidente optรณ por la revancha. En su cuenta de X, justificรณ su decisiรณn con una pregunta que revela mรกs rencor que razรณn: โ€œยฟAcaso parte de la bancada vallecaucana no hundiรณ la ley de financiamiento, una y dos veces?โ€.

ยฟDesde cuรกndo el desarrollo de una regiรณn se supedita al respaldo polรญtico de sus congresistas? ยฟDesde cuรกndo un presidente castiga a millones de ciudadanos por las decisiones de unos pocos parlamentarios? Esta no es una postura de estadista. Es una reacciรณn visceral, una vendetta que pone en riesgo el progreso de una regiรณn clave para Colombia.

Mientras el Valle del Cauca aseguraba su parte de los recursos, el Gobierno Nacional se retirรณ del compromiso. En cambio, prioriza proyectos aรบn en etapa de licitaciรณn, como el tren Buenaventuraโ€“Yumbo, que no tiene el nivel de avance ni el impacto urbano del Tren de Cercanรญas. La decisiรณn no solo frena el desarrollo, sino que pone en evidencia una estrategia de redistribuciรณn de recursos con fines polรญticos, posiblemente orientada a fortalecer el proyecto continuista del petrismo de cara a las prรณximas elecciones.

La dirigencia local no ha guardado silencio. La gobernadora Dilian Francisca Toro, el alcalde de Cali Alejandro Eder y otros lรญderes han expresado su indignaciรณn. La ciudadanรญa tambiรฉn siente el golpe. Cinco mil empleos directos se esfuman, junto con la esperanza de una movilidad moderna, sostenible y digna.

Cali y el Valle siguen siendo vรญctimas del centralismo, del desprecio institucional y de un gobierno que parece mรกs cรณmodo financiando la guerra que construyendo paz y progreso. El tren que nunca llegรณ se convierte ahora en sรญmbolo de una promesa rota, de una oportunidad perdida y de una herida abierta en el corazรณn del suroccidente colombiano.

El Valle no merece limosnas ni castigos. Merece respeto, inversiรณn y visiรณn. Y sobre todo, merece gobernantes que cumplan su palabra.

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